Cómo abordar la dictadura desde la historieta

Cómo abordar la dictadura desde la historieta
Compartir

El libro del guionista, aquí acompañado por casi una decena de dibujantes, permite tomar conciencia del horror, pero también del contexto social y humano que lo posibilitó, al mismo tiempo que se pregunta cómo pudo suceder o permitirse.

En general las historietas en torno a la última dictadura cívico-militar abundan en datos duros sobre el horror del terrorismo de Estado. Cuántas víctimas pasaron por los calabozos del centro clandestino de detención que retratan las viñetas, cuántos sufrieron la picana o en qué fechas las fuerzas represivas secuestraron a tal o cual militante. ¿Qué querés ser cuando seas grande? de Marcelo Pulido, elude esas convenciones. Aquí en su faceta de guionista y acompañado por casi una decena de dibujantes, no pone la lupa en las respuestas, sino en las preguntas. Y tiene un pulso notable para dejarlas flotando en el aire, entre las páginas y el lector, sin necesidad de explicitarlas. Para cuando termina el libro, el lector es consciente del horror, pero también del contexto social y humano que lo posibilitó, al mismo tiempo que se pregunta cómo pudo suceder o permitirse.

Pulido es claro pero no trillado. Propone escenas de época en apariencia desconectadas entre sí, pero articuladas por un pasado social común. Exige al lector, claro, un mínimo conocimiento histórico, pero sostiene la potencia del libro en la confianza en que sus dibujantes darán la expresividad que exige cada momento, porque el guión plantea pocos diálogos y casi ningún texto de apoyo ni voz en off. El capítulo de apertura, por ejemplo, retrata los terroríficos vuelos de la muerte y aun cuando se intuye hacia dónde avanza ese avión, el desenlace sigue siendo brutal por la sencillez con la que se lo expone.

Además, en épocas donde se discuten los presuntos “valores” de un deporte, donde se debate sobre los orígenes de la violencia o cómo es la vida de un asesino en potencia, Pulido nos recuerda que los peores criminales de la historia nacional llevaban vidas cotidianas casi rutinarias, como burócratas del horror esperando el fin de su turno para volver a su casa y a su familia después de torturar.

Hay, por supuesto, pasajes dedicados a las Madres de Plaza de Mayo, a los cuerpos que aparecían en la costa, a los secuestros de madrugada. Pero el guionista –responsable del sello editorial, aunque es el primer título donde oficia de autor- sabe poner la lupa también en aquellos que guardaron silencio, en el miedo y la mudez que los corroe. Pero otra vez, lo hace desde una sencillez y naturalidad pasmosa. Hay un capítulo, por ejemplo, sobre un pintor que circunstancialmente trabaja en la Escuela de Mecánica de la Armada cuando llega un contingente de prisioneros. No hay aquí grandes diálogos ni reproches, no hay discursos grandilocuentes ni reflexiones profundas sobre el horror. Sólo el diálogo de una esposa que, ante la mirada perdida de su marido, comenta con una amiga que “tras que es de poco hablar, no quiere contar. Dice que vio cosas, nomás”.

En lo gráfico, el tomo se inscribe en el dibujo realista y académicamente canónico, más allá de las naturales diferencias estilísticas entre los ocho dibujantes. Hay algún cambio de tono en un par de flashbacks, pero pensados para acentuar el salto temporal sin apelar al texto. En esa unidad hay también otro acierto de Pulido, esta vez en su faceta de editor, que encontró el dibujante indicado para cada escena. Porque al final de sus páginas, cada cara del horror tiene un trazo definido.

Fuente: Página/12


Compartir

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *