Trabajadoras esenciales y nada transitorias

Trabajadoras esenciales y nada transitorias
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Por *Marisa Fournier

Nada de transitoriedad. El trabajo de cuidado comunitario es central para la reproducción de la vida.[1]

El COVID-19 giró en 180° el escenario. Puso en evidencia que detrás de lo que se ve, se reconoce, se aplaude, se contabiliza y se remunera hay una enorme cantidad de trabajo que se realiza por fuera de la escena de la producción, la circulación y el consumo mercantil. También mostró que ese otro trabajo, el trabajo de cuidado, es un nudo central de la economía. Porque para “producir” es necesario vivir y para vivir es necesario alimentarse, vestirse, educarse, curarse y estar emocionalmente sostenide. Cosa por demás evidente. Tan evidente que pareciera absurdo tener que recordarlo todo el tiempo. Sin embargo, la relevancia del trabajo de cuidado para la reproducción actual e intergeneracional de la vida y su carácter económico es una de las cuestiones más silenciadas en sociedades patriarcales y capitalistas como las nuestras. ¿Cuánto tendría que valer un salario mínimo vital y móvil si se le incorporan las horas de trabajo gratuito –y muchas veces simultáneo- que realizan las mujeres en sus casas?

Sabemos ya, a esta altura de las cosas, que no sólo de tiempo se trata. Para que el trabajo de cuidado se efectivice se requiere de una serie de recursos: infraestructura básica, conocimiento, insumos, planificación y tecnología… pero también se trata de un trabajo de proximidad en el que las emociones, los afectos y las afectaciones están muy presentes. Se trata de un trabajo socialmente necesario, cotidiano, políticamente invisibilizado y económicamente despreciado.

Entre las trabajadoras de cuidado hay un grupo que merece especial atención: se trata de las trabajadoras comunitarias de cuidado infanto juvenil. En los barrios populares de la periferia metropolitana de Buenos Aires desde hace más de 25 años una cantidad importante de organizaciones barriales, fuertemente feminizadas, se hacen cargo de una parte de la reproducción de la vida en las mejores condiciones posibles. Se trata principalmente de mujeres que pusieron en común una necesidad y se asociaron para resolverla. En la tarea que realizan educación, alimentación, recreación y sostén emocional conforman un corpus de intervención integral hacia las infancias y juventudes. También son puente de acceso a la salud, a la documentación, a la escuela, a la protección en casos de violencia de género, al acceso a métodos anticonceptivos, entre muchas otras cosas. Se trata de espacios comunitarios de cuidado gestados desde territorios vulnerabilizados en los que la oferta de servicios estatales es mínima, insuficiente o directamente inexistente.

Varias de estas asociaciones están nucleadas en redes y en redes de redes. Una de ellas es Inter redes. Desde las seis redes que la integran, conformadas por 187 asociaciones y alrededor de 2.700 trabajadoras y trabajadores sociocomunitaries, atienden a cerca de 32.000 personas. Estas redes se conformaron en los ´90 y vienen desarrollando un proceso de maduración política y de gestión sostenida en la que articulan recursos estatales, de otras fuentes y contenidos de educación popular.

Cuidar de manera asociativa tuvo implicancias positivas en la autoafirmación subjetiva y política de las mujeres que integran estos espacios. También desde la colectivización de los cuidados se aumenta la calidad de vida en territorios vulnerables, se garantiza el cuidado de niñes y se libera tiempo de otras mujeres con hijes a cargo para que así puedan salir a trabajar en busca de una remuneración. Es decir, el trabajo de las educadoras y los educadores populares aumenta el bienestar de la población y muy especialmente de niños, niñas y de otras mujeres con hijes.

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[1]  Este fenómeno de asociatividad femenina y popular alrededor de los cuidados –de las personas, del medio ambiente, de la reproducción más inmediata de la vida– se repite en otros países de Latinoamérica y ha sido una de las fuentes de organización popular en la lucha por la reproducción de la vida en las mejores condiciones posibles. Es uno de los pocos espacios desde donde se genera “demanda agregada” alrededor de los cuidados. Estas asociaciones son complementarias al sistema educativo formal y sustitutas del trabajo de cuidado intradoméstico. En algunas de ellas se ha logrado la integración de varones jóvenes en calidad de cuidadores, lo cual implica la revisión y reversión de estereotipos de género rigidizados. Desde hace veinte años el dinero para el funcionamiento cotidiano de estas asociaciones proviene de políticas estatales dirigidas a la infancia en situación de pobreza. Hasta el momento no han logrado que dichas políticas integren un renglón presupuestario formal orientado a la remuneración de su trabajo y a la garantía de derechos de seguridad social asociados. Ello implica desconocer el aporte que realizan a la reproducción social en su conjunto, de manera permanente y con gran responsabilidad y compromiso. ¿Será que la falta de reconocimiento y de remuneración de la importante labor que realizan se debe a cuestiones de clase, de género y de discriminación étnica? La no inclusión de presupuesto específico para la remuneración de quienes trabajan en estas organizaciones de la Economía Popular, social y solidaria destinada a los cuidados se traduce en un subsidio desde abajo hacia arriba, desde las mujeres de sectores populares urbanos hacia toda la sociedad. Se trata de una cuestión muy injusta y que debe cambiarse.

*Marisa Fournier. Investigadora / docente del Area y la Carrera de Política Social del Instituto del Conurbano y Directora de la Diplomatura en Géneros, Políticas y Participación de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

Fuente: Página/12


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